Canto del Gallito inglés

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Míralo con disimulo, quítale el pico y los pies… y aplícalo (como diría alguna de las hermanitas Vivanco) en salva sea la parte. Si no le entendiste, pregunto entonces si acaso ¿te gusta el chile pa’silla? En cuyo caso ten trapito pa’que limpies, y cuéntame si es cierto que acostumbras navegar en Acapulco en el yate Clavel Negro. Dicho lo anterior, si Querétaro que Metepec, Chilpancingo en Culiacán (pasando por las grutas de Cacahuamilpa), pide la bendición del cura Melchor Izo, vecino de Tunalguilla, Hidalgo (donde la panadería se llama La Rosca) y habla con el coronel Nal Gasdash, que se batió en el Pacífico con Kimono Tuoyito, Chimimama Yoro y Nojoda Migata (samuráis de la armada nipona, posteriormente contratados como ejecutivos de la empresa Tachiro Tutsuru).

Armando Jiménez fue mi amigo, y supuestamente se fue de este mundo hace siete años, pero hoy que cumple los primeros cien años de su merecida eternidad quiero celebrar su incansable apostolado en pro del alma secreta de México. Sucede que Jiménez era en realidad arquitecto y se especializó en construcciones deportivas; participó en armar el mamotreto que llamamos Estadio Azteca y viajó a Rusia para ver cómo hacían los antiguos bolcheviques los inmensos santuarios para sus lanzamientos de jabalina y los saltos con garrocha. Pero en una vocación supuestamente nada pública, Jiménez fue el cronista de los albures y retruécanos, amanuense del calambur constante y copista de los letreros y dibujos obscenos que decoran todo mingitorio que se jacte de sus posibles alivios. Creo incluso que Armando dejó inédita una Guía para Descarriados de Puros Sitios de Rompe y Rasga de la Ciudad de México, allí donde no se le escapó ni un giro de lenguaje, ni un solo albur barroco que hubiera encantado al mismísimo Quevedo.

Hoy, que ya se ha desatado la vulgaridad no solo en las pantallas de las televisiones, sino incluso entre la ancha casta corrupta de los peores políticos en la historia de esta pobre tierra; hoy, que ya todo mundo sabe sus albures y se ha esfumado la llamada Liga de la Decencia, pocos entenderán lo complicado que fue para Armando dedicarse como gambusino a la búsqueda de las groserías y manierismos, grafiti y jocosas jaculatorias con las que compendió su gran obra: Picardía mexicana (que lleva quién sabe cuántas ediciones y es Biblia obligatoria para todo hogar que ha tenido que decir lo que quiere decir sin tener que decirlo, o entender lo que dice el tío Chepe cuando anda borracho). Que yo sepa no hay libro mexicano con más lectorio y quizá con más éxito en los estantes de diferentes niveles sociales mexicanos que Picardía mexicana, que se pasaba de mano en mano allá en los tiempos en que todo parecía prohibido. Para alivio de censuras, Jiménez se las ingenió para que su opus magnum viniera prologada por plumas de gallos de gran altura: Alfonso Reyes, Camilo José Cela y comentarios de Octavio Paz… y todos los que han jugado con las palabras y de hecho, todos los que hablamos el español de México, tan rico en sus barrocas enredaderas y tan sabroso en sus tentadoras verdades mentirosas.

De la leyenda del Ánima de Sayula, donde el favor que yo te pido es un favor muy chiquitillo al dibujito procaz de la abuelita que se agacha para recoger un pañuelito revelando las tepalcuanas como si fuera un foco encendido, o de los juegos silábicos donde te ensartas tú solo en un espejo intemporal de palabras sinsentido para que todo cobre un sentido y una lógica enrevesada perfectamente explicada por un arquitecto del lenguaje, entrañable amigo y buen hombre de familia que nada tenía que ver con la imagen de pulquería y el desahucio de los callejones donde los anónimos rayaban las paredes con el último chiste de la Cumbancha… y hoy, que campea la majestad del meme y la reinvención de los chistes de antaño; hoy, que nadie entiende los cantinflismos de los corruptos y las caras sonrientes de los rateros de siempre; hoy, que cumple el primer siglo de su merecida eternidad nos hace falta —tanto como el que más— el biógrafo del galimatías, don Armando Jiménez, minero del alma negra de obsidiana, testigo del quítate que ai’tevoy y dueño del gallito inglés pa’que te vayas sentando en lo más blando.

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