Café de Madrid

Café de Madrid

Merecer El Retiro

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La idea era traerlo a Madrid, considerando su muy avanzada edad. De sobrevivir al vuelo trasatlántico transpiraba cierta ilusión imaginar su cara salivando ante tantas viandas que se presumen en las vitrinas de las pastelerías españolas, los jamones colgantes en museos de fiambres variados y el alivio de las fuentes con esa agua de Madrid que todo el mundo elogia. Se merecía el retiro voluntario de los largos paseos por las calles arboladas y la afortunada convivencia con sus semejantes. Más que en México, se asombraría ante la higiénica cultura de tanta persona respetuosa que levanta despojos en bolsitas y los espacios arenosos reservados para tertulia entre sus semejantes. En realidad, se merecía El Retiro; el parque de El Retiro con sus caras cambiantes según la estación del año en esta época rara en que parecen borrarse primavera y otoño porque se pasa directamente del verano al invierno, al ocaso de los seres cansados que merecen la tranquilidad y el sosiego de ese parque irónicamente poblado por tantos jóvenes enamorados, rayos en patines, cantantes de utopías. Hablo de un perro. Mi mascota Chesterton, que merecía El Retiro para intentar congraciarse con tanto caniche pequeño o algún ovejero inmenso de este ... Leer Más »

Síndrome de Sol

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Esa pareja que se pasea por Madrid con el atuendo intacto de sus recientes vacaciones en Mallorca ha contraído —y anda de contagio— eso que llaman los entendidos el Síndrome de Sol: el ánimo ocioso que se pega a la piel como arena con sudor, el sentimiento alucinante de que el Matadero, a la vera del Manzanares, es un malecón de mariscos madrileños. Ella no ha de quitarse el bikini hasta que le amanezca el lunes, rumbo a la oficina de siempre y dispuesta a cambiarse de ropa en pleno vagón del Metro. Él ha de presumir de pectorales asoleados, la calva enrojecida y las gafas de hollywoodense improvisado. Ambos cumplirán hasta el último día de sus merecidos descansos con la sintomatología clásica del Síndrome de Sol: pedir boquerones o raciones de chopitos en terrazas de inevitable escenario urbano como si estuvieran tirados en camastros plegables, perder la vista en lontananza (sin importar el estorbo de los edificios) y soñar que allá a lo lejos se esconde el mar en el horizonte. Luego, los pasos arrastrados de sus chancletas, la bolsa de playa, rellena de quién sabe qué tantos ungüentos que quizá no sean necesarios en los autobuses que recorren ... Leer Más »

Dedos de lluvia

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Por estos días de calor recrecido, a Praga le ha dado por llover. Tal como lo cantó el poeta Nezval, la ciudad se peina entonces con dedos de lluvia y a la horda incómoda de las selfies, la masa monótona de los mismos turistas de siempre, le da por buscarle Kafkas a todo flaco, Mozarts a todo greñudo y ven a Beethoven en el primer malencarado. Llueve sobre Praga y parecen llorar los viejos templos y las fachadas intactas de siglos pasados que increíblemente se han salvado de las diversas devastaciones que le han llovido a Praga desde sus fundación. Ese hombre que camina con bolsas de basura parece la reencarnación del rey que encargó el puente de piedra y la dama que habla sola, sólo consigo mismo, parece ser la princesa entrañable que salvara un caballero andante. Efectivamente, en una taberna cercana al teatro ha salido con prisa un joven de peluca despeinada que intentará escribir al vapor la obertura para una ópera que estrena por la noche y aquel hombre de ceño fruncido que le estorba el paso, el que camina encorvado con las manos a la espalda y dan gritos a los adultos que le quedan al ... Leer Más »

Veraneo al volante

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Ese alegre conductor de gafas que circula por los antiguos bulevares en un diminuto carrito sin colores no es espectro ni proyección fílmica, sino un viajero voluntario de lo que llaman veraneo al volante. Se trata de una legión secreta, una cofradía ocasional que recorre las calles de Madrid en automóviles de museo, carromatos de colección o pequeñas barcazas motorizadas con el feliz afán de circular sin prisas, confirmando que Madrid cabe en la palma de una mano y que se suda menos sobre ruedas. Van de la M-30 a la Moncloa, pasando por Gran Vía, se pierden en Malasaña y dan siete vueltas en Alonso Martínez nomás para inventarse un tiovivo a la medida de sus vacaciones, con la mirada absorta en las fachadas de pastelería decimonónica de los edificios vacíos y la carcajada sintonizada en la radio que proyecta el nuevo éxito de verano, canción igual de efímera que la del trayecto que los trajo desde Badajoz, bajo un Sol de Justicia, mareados en el utópico deseo de entrar a Madrid por la Puerta de Toledo y sólo bajar del vehículo para ocupar el servicio en una cafetería escondida. Se les ve catatónicos en los pasos de cebra ... Leer Más »

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