Cabalga

cabalga

Tras una pátina lila de neblumo sin contingencia, esa nata que parece disiparse con lluvias para que todo chilango crea que vuelve a la región más transparente del aire, parece cabalgar de nuevo el Caballito de Carlos IV, el rey que no merece estatua en Madrid ni en España entera y que se eternizó en México gracias al corcel imbatible que forjó Manuel Tolsá con las yemas de sus dedos sobre un bronce que parecía volverse verde hasta que hace uno años fue bañado con un ácido ocre e insensible que lo convirtió en mal del pinto, vitiligo aparentemente inamovible para que tuvieran que esconderlo tras las sabanas de una arrepentida restauración y ahora volver a soltarle la rienda como jamelgo de corrido, corcel de rejoneo en cada feria internacional del libro del Palacio de Minería donde consta que hay al menos un autor que ha sangrado su corazón en la mirada de una mujer y así año con año vuelve la ilusión del Caballito intacto que estuvo mancillado por la estulticia, que fue mudado del Zócalo a Bucareli y de allí a las puertas del palacio que se vuelve su caballeriza en las noches negras donde sólo lo escuchan relinchar los teporochos que habitan en las sombras y los fantasmas que duermen tras los azulejos de una casa cercana.

Parece intacto y renovado el centauro que se convierte en prosa de los cronistas y verso de los poetas despistados, amenaza de los globeros que ya no cargan los colores volantes de antaño sino las plateadas formas de una modernidad engañosa y a la sombra de su pata levantada parecen anidarse los algodones de azúcar transgenérica y los libros deshojados de las editoriales humildes y las viejas imprentas y el río de los marchantes que salen huyendo del Zócalo cada vez que se repite la Noche Triste, en la huida hacia Tacuba en plena inundación de confusiones de todos los siglos que se aglomeran bajo la bendita maldición del Caballito que ha visto de lejos y de cerca todos los desfiles de todas las entradas y salidas de ejércitos, las banderas tricolores de por lo menos tres países, las trompetas de todas las tropas y la caballada real, palpable, animal y no de bronce de todos los carruseles que van cobrando vida al juntarse en un crisol todas las épocas y todas las décadas de una historia y de las microhistorias que nos unen bajo el manto ya no manchado del Caballito entrañable que ha visto conciertos de rock y son jarocho, danzón y bulerías, en los adoquines que se extienden a pocos metros del hocico que relincha callado, los ojos imperturbables, la crin inmaculada… y el jinete anónimo, el rey de mofletes que parece sonreír sabiendo que se le respeta más por su montura que por su corona de laureles, su bastón de mando y su toga de Belushi.

Parece que ha vuelto para acumular nuevos siglos el Caballito que se sabe de memoria los enamoramientos y las esperanzas de todos los soñadores de todas las generaciones que han inventado la predicción personal de futuros imposibles, la memoria intacta de todos los pretéritos, la huella dactilar de sus memorias y los secretos nombres de las mujeres que embelesaban a los poetas que se perdían en las madrugadas hasta encontrar las pisadas sobre la arena invisible del Caballito sin más nombre que el de la incondicional referencia de todos los habitantes de la Ciudad más grande del mundo que parece que no dormía tranquila hasta el hoy en que se ve de lejos la sombra al viento de su montura, la silueta recuperada del Pegaso que la lleva en andas hasta la constelación indescifrable donde alguien en algún ayer escribiera que aquí y sólo aquí se vive la utopía de todos sus días.

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