Aventura de un mono en Reforma

Valiéndole madre todo semáforo, el mono avanzaba como quien se avienta de rama en rama rumbo a Los Pinos y luego, de vuelta al bosque, mentando madres y hablando por el celular para ver cómo va lo de su primo el orangután monarca de las drogas en Coyoacán, el mismo que bailaba con el oso en el libro de la selva de los microbuses de dos pisos y bosques de postes en las esquinas, la selva gris de la contaminación disfrazada gobernada por el mono araña que mueve la mano como digno dignatario de la impunidad descarada. Mientras tanto, el mono de Reforma se baña en la fuente de petróleos ya expatriados y se atraganta con suadero en la esquina de Las Lomas donde los ricos también lloran como nacos para saciar el hambre que produce tanta adrenalina que se meten por la nariz como primos de todos los primates que andan sueltos, igualito que el mono que se soltó por Reforma en alegre aventura de su más íntimo asombro: no podía creer que hay vendedores en las esquinas que llevan ventiladores y diccionarios, caramelos y tabaco, muñecos inflables y toallitas faciales; en los coches aledaños, vio mandriles con corbata y un simio de la estepa solitaria que se sacaba un moco para peinar el copete de su hijita maquillada.

El mono de Reforma confirmó que nadie hace caso de nada y que la changuita que grita por la bocina de su celular simplemente no entiende que no entiende; en el cruce con alguna de las calles que llevan nombre de monte o montaña, el mono de Reforma imaginó la vista de siglos pasados, cuando el bosque era zoológico de sus ancestros y paraíso de las aves, ahora extintas por el polvo y las heces secas de los lagos inexistentes y decidió columpiarse desde el balcón de un palacio que parece de Miramar por todo lo largo y ancho de los falsos Campos Elíseos donde protestan encuerados los mineros abandonados por un senador renacido y le dieron ganas de cubrir con lonas todo el trayecto sobre el Paseo en una fingida protesta que interrumpiera el flujo de la columna vertebral de esta ciudad selvática por donde nadie le impide babear con el paso columpiante de las chimpancés de minifalda o las gorilonas de pantalón ajustado y si algún mandril llegase a encararlo, el mono de Reforma sabe bien que puede enfrentarlo a golpes con pies y manos, al margen de los primates de uniforme que supuestamente guardan el orden entre un mar de bicicletas endebles y taxis caducos, microbuses como microbios y coches y coches y más coches donde todos los demás changos chilangos de la banda changa viajan sin rumbo en busca de la rama que les permita colgarse otros seis años o seis semestres o seis días alimentándose con las sobras del paquete vikingo que dejó olvidado en una banqueta el albañil que protagonizó El Planeta de los Simios en versión región 4 sin subtítulos para que la entiendan todo los políticos mentirosos que están al filo de las campañas desatadas de sus mentiras como lianas por donde serpentea por los aires el Tarzán utópico de la melena al viento, canas rubias y pectorales de Putin que antiguamente combatía cocodrilos y cotorras, corales de sitio y bochos verdes en la misma selva ahora recrecida donde el mono de Reforma come cacahuates garapiñados con caca y miguelito en polvo de mugre con los pequeños changuitos que piden limosna en las esquinas, mientras sus crías se columpian en los rebozos grises de las madres que hablan lenguas de la selva en medio del asfalto, tan lejos de Dios y tan cerca de las rejas de Chapultepec donde el mono de Reforma cierra un trato con su dealer y se lanza por encima del campo Marte para otear el clima en la Condechi u oler los ánimos en la Roma o soñar que también podría conquistar Iztapalapa, justo en medio del griterío de los penitentes que están a punto de recrear en tiempo y sangre real la crucifixión de multitudes de pecadores.

Cansado de volar por el carril de los trolebuses y rebasar bicicletas en pleno Periférico, el mono de Reforma invita a sus changuitas a la Montaña Rusa y a grito pelado le mientan la madre al inquilino que vive enfrente, se llenan los buches con algodones rancios de colores y pisoteando las cáscaras de varias naranjas se detienen a escuchar en la radio de un bolero que a poca distancia del parque de diversiones la tres veces heroica policía capitalina ha logrado cercar el árbol donde se refugia un mono capuchino que se escapó de quién sabe dónde sin saber que en su redada, en realidad, no hacen más que intimidar, abusar y abatir a un semejante.

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