Autista artista

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Hace ya muchos años que escribí en estas mismas aguas mi admiración por Stephen Wiltshire, y ahora que ya se logró que memorizara en dibujo la Ciudad de México vuelvo a intentar su retrato. Wiltshire nació en Londres el 24 de abril de 1974, y hasta que cumplió cinco años de edad pronunció sus dos primeras palabras: “lápiz” y “papel”. Se creía que había nacido mudo y a los tres años había sido diagnosticado como autista, encerrado al parecer para siempre en un misterioso mundo de silencio puramente contemplativo. En 1977 su padre murió en un accidente de motocicleta y el niño autista se convirtió en artista: empezó a deslumbrar a familiares y maestros con una asombrosa capacidad para dibujar minuciosamente todas las vistas visibles y posibles que pasaran por su mirada. Dibujaba con exagerada precisión cada edificio que viera, aunque fuese la única vez que lo veía, cada ventana y la curvatura exacta de la perspectiva y sus sombras.

Al filo de cumplir 32 años de edad, Stephen Wiltshire fue condecorado como Miembro de la Orden del Imperio Británico por su arte grande y considerado como un auténtico prodigio por el doctor Oliver Sacks, que escribió sobre él en su libro Un antropólogo en Marte (Anagrama, 1996).

Wiltshire ha hecho realidad sus largos paneles de memoria calcográfica como quien se ha enamorado a primera vista del rostro de una ciudad. Lo hizo con Hong Kong, Tokio, Fráncfort y Madrid. Ya se puede confirmar que a simple vista —a ojo de pájaro y más, en vista de un artista autista— Madrid es un sueño. Cada piedra y cada parque, las calles de Quevedo y las anchas avenidas de los toreros y novelistas admirables, los entrañables bulevares y ese relicario llamado Gran Vía, el corazón que nace en la Puerta del Sol y las huellas de la memoria que quedan como lunares porosos sobre las columnas de la Puerta de Alcalá… Nada escapa a la vista del autista artista, tal como nadie puede olvidar los gestos de una ciudad entrañable. Nada puede obviar la obsesiva sensibilidad de un artista autista, como nada debe nublar la mnemotecnia férrea de quien memorice una ciudad con todos sus sentidos en flor, con la instantánea gratitud de saber durante una conversación que aún no termina que será charla inmemorial mañana mismo. Uno recrea en la memoria la arquitectura exacta de lo entrañable para poder dibujarlo siempre en sueños, en ese silencio que bordea la sonrisa de Stephen Wiltshire y su misterioso don de calcar la realidad a la inmensa distancia callada con la que percibe fielmente líneas, curvaturas y tangentes imborrables.

Dicen que Wiltshire solo sonríe si su interlocutor en turno le sonríe primero, y en sus videos se observa que tiene cierto grado de comunicación con su hermana que lo acompaña y celebra sus dibujos con palmadas y cariños. Lo cierto es que el artista autista vive en un aislado universo que solo él habita, en medio de panorámicas ciudades enteras donde curiosamente no aparecen habitantes. Su geografía urbana y mental es despoblada, callada y perfecta. De niño, Wiltshire plasmaba fieles reproducciones de edificios londinenses emblemáticos y era capaz de rodearlos en llamas o pintarlos en medio de hipotéticos terremotos de destrucción, pero sin habitantes despavoridos o gritos multitudinarios. Pienso en Fernando Pessoa, que pobló sus versos con la multiplicación incontenible de sus heterónimos, al margen de Lisboa, al filo del mundo… y pienso en Robert Walser, que habitaba en medio del manicomio sus propios cuadernos sobrepoblados con infinitas letritas diminutas que conformaban para él y su soledad una humanidad aparte… y pienso que ahora que Stephen Wiltshire ha sobrevolado la maravillosa Ciudad de México, sus trazos retratan con un solo vistazo siete siglos de asombro, la nervadura ecléctica de nuestras calles, la epidermis del tezontle rojo y la piel de tanto asfalto, los contados y apreciados árboles, jacarandas y buganvilias, los antiguos palacios y millones de viviendas homónimas… todo un rompecabezas abigarrado visto desde su silente pincel en medio de nuestro silencio compartido, todo vacío y deshabitado en medio de veintidós millones de almas donde late sin ser visto un corazón desgarrado, abierto en flor, convirtiéndose todas las noches en ceniza y polvo… mas polvo enamorado.

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