Otros artículos en El País

Joy

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Durante muchos martes que se fueron haciendo años se me concedió enamorarme de una maravillosa mujer inglesa. Ella pintaba y evocaba conciertos de Haydn donde se atrevió a tocar el chelo y me contaba historias de Jorge, el escritor al que debe aspirar todo aquel que escriba como quien narra y narra como quien cuenta y cuenta como pinta la vida misma, sin más chiste que el humor inteligente y la chispa del sarcasmo y la ironía que embonaban perfectamente con esa mujer inglesa que se llamaba Helene Joy Laville y que hoy me deja bañado en lágrimas bajo un cielo azul pastel donde todos los colores parecen tenues y tiernos. H. Joy Laville nació en Inglaterra en 1923 y se volvió mexicana en el instante en que decidió que su vida sería proyectada en pinturas de acrílico o acuarelas de ensueño como retratos de una mujer al filo de una ventana siempre abierta, sentada en silencio o recostada sobre los instantes entrañables de la más íntima y callada serenidad. En algún martes que se alargaba sin tiempo —por la confianza y porque nos dio por la tristeza— Joy se puso a hablar de cuando se fue Jorge, del avión …

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El constante

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Con estas líneas intento abrazar a todos los escritores de diversos países y culturas que se saben deudores de la alta literatura que cosechó, volvió a sembrar, tradujo e hizo florecer Sergio Pitol; con estas líneas quiero también abrazar a todos sus lectores que también son deudores de los paisajes, párrafos y parlamentos que este inmenso escritor nos hereda cada vez que lo leemos. Consta hoy en los diarios y enciclopedias que Sergio Pitol se ha ido de este mundo habiendo venido a la Tierra para leerla, viajar en lecturas y luego en travesías absolutamente literarias los paisajes diversos de la trama o la tundra, las calles grises de Praga y no pocos amaneceres en París; consta que dejó una novela en un hotel de Madrid que fue rescatada por un arcángel y que por ello se publicó; consta que fue un generoso introductorio de no pocos autores y cuentos y novelas de varios idiomas para que pudieran ser leídos en español; consta que fue cinéfilo y entrañable, amable y elegante, cultísimo y discreto. Pitol fue un hombre de letras que contagia lecturas, que multiplicaba las palabras eslavas en sílabas con eñes y vocales tropicales, el mismo que explicaba con …

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La sonrisa que ilumina

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Jorge Ibargüengoitia cumple hoy sus primeros noventa años de eternidad y no pasa un solo día sin que intente contagiar su literatura, ya por pensamiento, palabra, obra u omisión. Su familia deseaba que se convirtiera en el ingeniero que resucitara la antigua alcurnia de la familia en Guanajuato, pero Ibargüengoitia dejó la carrera de los números y se lanzó a los escenarios queriendo ser dramaturgo, pero un maestro le dijo que su apellido era tan largo que sus letras no cabrían en la marquesina de los teatros. Pasó entonces a la crítica teatral en prensa, de donde germinaron con los años sus memorables columnas semanales donde era capaz de narrar la microhistoria del taco, el sentido filosófico de cuando le cambian el sentido a una calle o la sinrazón de todas las razones necias que sustentan toda burocracia. Como cuentista, Ibargüengoitia ejemplificó el bello arte de narrar las cosas de la vida como si fueran chismes o chistes, que si no se cuentan bien se caen de las manos como nata inerte; por lo mismo, no pocos lectores confundían el elevando sentido de su humor con el pastelazo del chistorete y el error es grave, pues olvida que Jorge era …

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La sabia serenidad

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David Letterman ha salido del retiro con una luenga barba donde parece enredarse ahora la sabia serenidad que lo distinguía como cómico de stand-up y anfitrión de uno de los talk-shows más emblemáticos de la televisión norteamericana. El hijo pródigo del medio-oeste, como bíblico bosque de la mazorca amarilla, llegó a convertirse en heredero de Johnny Carson en un relevo generacional que incluyó la rivalidad con Jay Leno y que marcó el termómetro de esa fórmula tan norteamericana de convertir las altas horas de la noche en un escenario más o menos estandarizado (orquesta en vivo, escritorio con micrófono, paisaje urbano simulado a las espaldas y un entusiasta público sin risas grabadas) donde la vida política se volvía espectáculo y el mundo del espectáculo se convertía en la vida misma. De las décadas que reinó en la pantalla, Letterman heredó de The American Way of Life no pocos chistes inmortales, gags infalibles, entrevistas memorables y sublimes momentos de puro desmadre enredado con eso que llamamos cultura popular, y su despedida de los medios se vivió como un auténtico desahucio. Ahora, Netflix ha lanzado el regreso de Letterman a las pantallas en ese formato –aún desconocido para muchos—que parece imperar en …

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