Aprendices de Río

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Quevedo se burló del Manzanares llamándolo aprendiz de río como si sus aguas ensayaran un murmullo para la futura crecida en caudal y en estos días, ya por los horarios enrevesados de las transmisiones o por los espejismos que provoca el intenso calor, parecería que las calles de Madrid se inundan con aprendices de Río, pero de Janeiro, en cada paso de cebra, cada parque, plaza, portal y bulevar. Quizá también porque estos Juegos Olímpicos de Brasil son los que ganaron a la candidatura de Madrid, no pocos madrileños nativos o recién llegados, gatos de toda la vida o turistas despistados, han disfrazado de olimpismo la Villa del Oso y del Madroño: por allí, el anónimo equipo de nado sincronizado que viene de pasar el día en la piscina de la Latina y por la calle de Montera bajan tres voluminosos levantadores de pesas (convertidas en cajas de cerveza); corredores por doquier, bíceps al aire, pantorrillas como Jabugos y hasta el agua del estanque del parque del Retiro se ha teñido de ese verde inexplicable que entintó el foso de clavados de los cariocas.

Hace un siglo, luego de su provechosa década en Madrid, el escritor Alfonso Reyes fue nombrado embajador de México en Brasil y a los pocos días de su llegada escribió un largo poema titulado Río de enero, donde elogiaba a la bahía del pan de azúcar con los siguientes versos: “El que una vez te conoce / tiene de ti soledad, / y el que en ti descansa tiene / olvido de lo demás”. Y algo tiene Madrid en estos días en que los que se han podido olvidar de todo lo demás, del sin gobierno y la salida de las crisis, que se han ido a las playas para echar las velas a la mar igual que como se extienden las sábanas en las cuerdas de los patios interiores o a las aguas bravas de los ríos cercanos para ejercer el piragüismo que se ensaya con los codazos y empujones cada vez que las tiendas anuncian rebajas. Los que se quedan prosiguen con las carreras de tapas en relevos, el maratón del Metro y la caminata de cien metros que se acelera por la Puerta del Sol quemante. No solo por los sudores, sino también por los atuendos, pues abundan las camisetas sin mangas, los minicalzoncillos, las licras ajustadas, las gafas ovaladas pegadas al párpado e incluso las depiladísimas piernas de los ciclistas que ahora baten más récords sobre las calles vacías.

Aunque no me he contagiado de la adrenalina del ejercicio, en mi abono puedo publicar que también ejerzo por estos días como digno aprendiz de Río, pues no he fallado en una sola caloría de la dieta monumental del gran Michael Phelps… y con ello, me mantengo a flote.

Leer en El País

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