Anhedonia

anhedonia

Anhedonia significa imposibilidad para sentir placer, y fue el título original de un guion de Woody Allen que terminó llamándose Annie Hall. Durante dos semanas, Woody y su amigo Marshall Brickman caminaron por Manhattan ideando la trama de una pareja (que sería protagonizada por el propio Allen y Diane Keaton) que intenta desvelar el misterioso asesinato de una vecina a manos de su esposo en el mismo edificio donde ellos enredan y desenredan sus azarosas vidas. Esa idea quedó guardada en un baúl (y cuajó años después como Manhattan Murder Mystery), pero de tanto darle vueltas a la palabra Anhedonia, por esa “E” que suena como “I” en inglés, nació Annie, y el apellido verdadero de Keaton, Hall, como título para una de las películas más entrañables y geniales del Príncipe de Königsberg ahora conocido como Woody Allen.

Annie Hall obtuvo tres premios Oscar —por mejor guión, mejor director y mejor película, ganándole, entre otras, a Star Wars)—, sin que eso alterara la costumbre semanal del director y guionista de tocar el clarinete todos los lunes en un refugio de Manhattan. La cinta marcó la moda maravillosa de las mujeres con gafas redondas que leen el periódico de los domingos hasta que llega el lunes, con amplios pantalones con pinzas y ese chaleco que le robaron a su antigua pareja un poco obesa, y la corbata que heredaron de su abuelo, contador público en un pasado en sepia. Además, significó el brinco sustancial en la obra del escritor —mejor aún: cuentista— Woody Allen, quien, entre otras cosas, hace cine: pasa del simple pastelazo del humor a secas, a la comedia romántica con inteligencia y constante reflexión. El resultado es una deliciosa panorámica de la mujer utópica que se viste como se le pega la gana, con corbata y chaleco, y la belleza suelta en la lengua y en la cabellera, al lado de la constante neurosis y preocupado existencialismo de su pareja envuelta en nervios, el hombre que somos todos, que se preocupa por la muerte en los momentos menos convenientes que ofrece la vida para ello, el galán que interrumpe el momento más intenso de la cama para enredarse en intentar descifrar el enigma de quién mató a JFK o a Colosio…. Es el hombre que no sabe cocinar langostas y que parece un rabino fuera de lugar en el seno de las tradicionales familias yanquis, que solo se mueven con estereotipos inamovibles. Es el hombre que se llama Woody Allen, que cumplía 40 años hace 40 años, sin saber que despegaba hacia la vera grandeza del arte grande: narrar visualmente la prosa puntual de una conversación que va y viene de la realidad al ensueño, de la risible ridiculez del tedio a la aplastante veracidad de la belleza inasible en un instante, del pretérito más remoto de lo que llaman raíces al milagro increíble de que se te aparezca en persona el autor que algún imbécil está malinterpretando en la fila de un cine y lo corrija allí mismo para desgracia de su estulticia… o el tiempo sin tiempo que puede alargarse siglos en un segundo, durante un paseo improvisado a la vera de un río, con todo el mundo por telón de fondo.

Lo supo el poeta Rilke y quién sabe cuántos románticos más: la pareja va y viene, se lían entre ellos y con otros, se anhelan de cerca y se repulsan de lejos, se acercan y se alejan en un parpadeo que puede durar décadas y se unen para siempre en el único y primer beso que nos damos para salir de una vez por todas del trance, allí en el primer momento en que ambos lo deseamos y lo hemos de recordar para siempre como la enredada película de todos los minutos con música de blanco y negro de fondo, que duran exactamente lo que dura en pantalla el amoroso mural de una pareja dispareja como todas en una historia casi de amor, casi-casi de amor no exenta de los enredos intemporales que nos entretienen a todos por el solo milagro de narrarlos, compartirlos en la sintonía de que en realidad o al final no solos sabiendo que el amor es lo que queda… incluso cuando es más enredado que un queso de Oaxaca.

Al final, el amor… y el humor con inteligencia al servicio de la trama más allá del papel simple de la bufonería, con el tiempo justo para que los diálogos despierten la risa al mismo tiempo que las ideas sin necesidad de agregarle el timbal del punchline o las risas grabadas de las teleseries forzadas con calzador. Al final, los ámbitos de la querencia, los anclajes incómodos de la familia y sus creencias, los lugares comunes de la sociedad aunque sea cambiante y el recuerdo intacto de la mujer que nos hipnotiza bajo la misma lluvia, en el mismo instante aunque hayan pasado 40 años… en el mismo amor.

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