Aires Buenos

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El invierno es el verano invertido y los aires buenos de una Argentina que no merece la cíclica desgracia de sus crisis. Vine al Sur para confirmar que la Resistencia está en los libros, en la lectura que promueve Mempo Giardinelli desde hace 22 años en los llanos del Chaco, a la vera del caudaloso río Paraná, que comparte con el Río de la Plata el color de los desiertos, los páramos donde la amnesia y la ignorancia quedan abatidas por la sana enfermedad de hilar, línea a línea, el telar de la memoria y las enredaderas de la imaginación. Allá, entre un mar de esculturas, me hermané con Rep y Malpica, con mis nuevos amigos que comanda un tal Clavo y abracé a Mempo por sus muchas y diversas fundaciones, sobre todo los cuentos que me hacen llorar y soñar que volvía a Buenos Aires para ver a la hermosa pareja que deletrea un haikú cada vez que caminan en el origami entrañable con el que llevan de la mano a su hijo, mi sobrino, que asiste a la misma escuela a donde un ayer de tinta en sepia asistió Julio Cortázar.

Vine a Buenos Aires para ver el holograma de una mujer que se enamoró de Bioy Casares, una más que lo siguió por la vereda que nace en Posadas y desemboca en la costa de Francia, y vine para volver a Maipú y esperar la discreta aparición del fantasma de Borges, que mira sin mirar el frío asoleado de este invierno de verano como un galimatías de la misma brújula, y el idéntico espejo donde parecen esfumarse en el olvido sus mejores libros. Sobre todo, vine para presenciar el instante en que un viejo Cortázar que parecía siempre joven se acercó a la puerta de su vieja escuela E. N. S. Número 2 Mariano Acosta, el elefante amarillo de sus primeras andanzas en sueños, y preguntó si podía entrar para visitar el inmenso patio de arena de sus batallas infantiles, y el portero le informó que ya es de juegos sin arena… y el joven que debería ser viejo se alejó sin más a reunirse con otra tertulia de cronopios como los que me invitaron a hablar de cuentos en la radio: el mexicano Toriz, que es pura piel que sonríe, y el genial Piro, que habla en italiano incluso cuando habla en español.

Vine porque en realidad uno nunca se va de Buenos Aires si es capaz de sincronizar, con sus enigmáticos dolores, su memoria mancillada, sus glorias íntimas y sus calles de cuadrícula tatuada. Aquí vino Mercedes con Gabriel García Márquez en los primeros días de los cien años que cambiaron para siempre los siglos del mundo, y fue tan hermoso su viaje, el nacimiento de esa novela fundacional y ya mítica, que jamás volvieron a la ciudad que los ovacionaba de pie en los teatros y multiplicaba a Macondo en cada esquina… porque en realidad, los aires buenos se cifran en un abrazo, en el discreto afán con el que abundan acá los besos en la mejilla y en esa lánguida y rítmica dulzura con la que los argentinos susurran el idioma de su corazón.

Buenos Aires es la rapsodia en azul que le dice adiós a Nonino, la vereda por donde ensayan los transeúntes el sorpresivo pasito de un tango sin música y la maravilla utópica de comer tanto y mal: carne celestial que provoca llanto de felicidad, pasta que parece cabellera de arcángeles italianos llegados ayer mismo por la Boca, y ese manjar de la utopía que llaman dulce de leche, que se mezcla con los labios del tiempo y alivia el aire frío de un atardecer encendido donde las librerías encaran la madrugada abiertas de par en par, y los amaneceres son el bombo y el quilombo de las marchas y protestas ante la sinrazón de todas las razones de los enredos que no terminan de desenredarse en los salones de la Casa Rosada o el Palacio de Mármol o la cancha de River o en la barra de los amigos que discuten las verdades por encima de todas las mentiras uniformadas de los soldados impunes, los empresarios abusivos, los olvidados de la partitura donde el viejo bandoneón acompaña los pasos como líneas de quien viene a Buenos Aires para leerla como páginas abiertas donde el Obelisco es el separador de los párrafos para hilar las letras de todos los tangos, milongas y zambas en el chamamé del silencio donde, en realidad, yo solo vine a Buenos Aires para volver a abrazarla con la gratitud por tantas veces que la leo.

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