Adrenalina entrañable

Ron Howard pasó de ser el niño pelirrojo en la prehistoria de la televisión norteamericana al director de cine que ha hecho película algunos de los episodios del mundo que giraba allá afuera, mientras andábamos ocupados en otros planes: la tragedia luego triunfo del Apolo XIII, y ahora los años –mitad de su década—en los que cuatro jóvenes de Liverpool se presentaron en vivo y cambiaron para siempre la adrenalina del mundo. Howard también ha llevado a la pantalla El Código Da Vinci, luego los Ángeles y demonios del mismo autor, pero se conoce que hace en cine lo que atañe a su biografía y hay que reconocerle el cuidadoso empeño en reunir materiales inéditos, entrevistas con dos de los sobrevivientes y grabaciones con los dos ausentes y así confeccionar cada escena para transmitir al espectador de hoy lo que significó en aquel mundo en blanco y negro el fenómeno maravilloso de la música, más que música.

Eight days a week es un documental que sólo estará en pantallas del mundo los días que anuncia su título, alusión a una de las canciones de The Beatles, pero también guiño al sentido con el que Howard quiso documentar la locura in crescendo de la primera mitad de la década de los años sesenta del siglo pasado: John, Paul, George y Ringo, ocho días a la semana, del estudio al escenario, de las sesiones de fotografías a las entrevistas, de allí al reventón y al día siguiente, lo mismo. Se desvivían al tiempo que Brian Epstein insistía en vestirlos de corbata y botitas como uniforme para una nueva vida, totalmente ajena a las mazmorras de Hamburgo o de Liverpool donde empezaron tocando con sudores y cuero negro. Efectivamente, quien busque en este documental escandalosas revelaciones sexuales o fotografías reveladas con ácido lisérgico tendrá que conformarse con algún pasaje donde consta que andaban volando en nubes de mariguana al filo de hartarse del ajetreo interminable, la mala adrenalina de los jaloneos, las entrevistas con mala leche, los horarios obligatorios de los vuelos, las noventa ciudades y cinco continentes en el menor tiempo posible, los estadios sin sonido adecuado para que se escuchara no sólo bien la música, sino incluso por encima del exagerado decibelaje de los millones de gritos sobre todo femeninos que les fueron cobrando poco a poco el sistema nervioso central.

Son los cuatro jóvenes que se asoman apoyados en el barandal de un patio interior con el pelo corto que en esa época era larguísimo, sonrientes y clonados en ese milagro de camaradería inquebrantable que los hacía sentirse hermanos. Son las tres voces de la armonía instantánea y la maestría de los requintos con el elevadísimo nivel del bajo, la coquetería de la guitarra que acompaña y ese perfecto percusionista que convirtió a los tambores en actores de la propia melodía. Son los compositores de madrugada, de un día para otro, de la adrenalina en tinta que al día siguiente se pone sobre la mesa, a compartirse con los compañeros y someterlo al criterio del apoderado y del director musical y poco a poco anhelar que terminen precisamente las presentaciones en vivo para concentrarse en la vida del estudio, allí donde se puede jugar con los aparatos de una electrónica nada comparable a la que contiene hoy en día el teléfono de las niñas. Querían volver al estudio para grabar voces en reversa y guitarras en ondas atonales que se combinaran con la perfecta letra que eran capaces de escribir a dos, cuatro o seis manos o incluso, las ocho mangas del pulpo para que Ringo también firmara como compositor. Tocaban para que aplaudiera la galería del mundo y movieran sus joyas los ricos del planeta, para cambiarle la moda a las señoras recatadas y el peinado a los catrines, mover al mundo e intentar convencernos de que la adrenalina maravillosa de sus letras simples podía efectivamente hacernos mejores de lo que éramos la noche anterior.

Eight Days a Week con entrevistas que se vuelven testimonio y conversación, sobre todo la conmovedora constancia de que The Beatles también ayudaron a sacudir el necio apartehid del racismo norteamericano de los sesentas y las sabias consideraciones que hace Elvis Costello sobre lo que significaba abrir las puertas del alma a un cuarteto de impredecibles músicos maravillosos, capaces de llevar la imaginación del oyente a lugares ignotos. Para goce y comparación de los espectadores, en el documental de Ron Howard se percibe cómo se oyó la presentación de The Beatles en Shea Stadium ante poco más de 56 mil enloquecidos gritos convertidos en una marea incansable de estática palpable y luego, ese mismo concierto remasterizado detalladamente en estudio para que conste que –aún sin haberse podido escuchar ellos mismos durante el concierto (de hecho Ringo declara que tenía que verlos moverse de espaldas para más o menos saber por dónde iba cada canción)—y a pesar de que la media hora de canciones que tocaron como quien grita ante las olas de un mar incontenible, a pesar de todo no falla una sola armonía, ni una sola pisada de las guitarras, ni un solo latido del bajo, ni un solo instante de la música que memorizamos en el momento en que la escuchamos por primera vez… y sí, la estúpida locura de los ignorantes que llegaron a quemar sus fotos y discos que hoy con sus herederos envueltos en el delirio de Donald Trump quién sabe qué cantarán y sí, la desaforada intención de abrazar a George y decirle a John que lo amo o tocar a McCartney tan solo para confirmar que los seres mitológicos son de carne y hueso, intemporales, él mismo el mismo a pesar de llevar encima medio siglo de chismes que aseguran que es Otro o el Otro que es Ringo que cada vez que habla no deja de hacerme llorar… y sí, mis padres en blanco y negro, los bailes a brinquitos, los peinados de peluca, la vida en fotos y discos de 45 revoluciones, la revolución de todos los días al filo de encerrarse en el estudio, volverse psicodélica, lánguida y moldeable, ácida y en un nivel superior de perfección donde la adrenalina intacta nos permite escucharnos mejor, volver a oír de veras y ver con absoluta claridad que sí, efectivamente, lo único que realmente necesitamos es Amor o que alguien me ayude, si se puede, que aprecio que estén por allí, ayúdenme a volver a poner los pies sobre la Tierra.

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