El Quinto Beatle

Muchos hemos vivido la noche de un día difícil y sabemos que mañana siempre viene el Sol. Tarareamos en silencio cuando le vemos algo a la mujer más bella del mundo y luego balbuceamos que lo único que queremos es tomar su mano. Deliramos en nubes donde una niña vuela por los cielos en diamantes como estrellas y le metemos una sinfónica al inconsciente para que los violines marquen la lánguida soledad de una viejecita llamada Eleonora Rigby. Algunos incluso soñamos la irreal posibilidad de que me dejen tocar con ellos mañana mismo y que cada vez que me mire en el espejo me peine el fleco de una melena que antiguamente era larga y que alguien me diga que de veras soy El Quinto Beatle.

Estuvo cerca del título Eric Clapton, por la manera en que hace llorar la guitarra en un toquín con los profetas, y también la sombra que sonreía bajo el nombre de Billy Preston, pero el único y verdadero Quinto Beatle fue sir George Martin, quien hoy empieza a vivir su eternidad en un campo infinito de fresas al dejar este mundo a los 90 años de edad. Caballero andante casi siempre armado con corbatas elegantes, sus dedos modularon las consolas y sus oídos refinaron incluso las alharacas con las que se llegaban a despeinar los cuatro genios de Liverpool que, por obra y gracia del azar (y del delicadísimo colmillo de su agente Brian Epstein), firmaron contrato para grabar con Martin… y cambió la historia de la humanidad. Nada menos.

Escuchó cada nota y cada acorde que salía de la genialidad no solo de la dupla inigualable de Lennon y McCartney, sino incluso la travesura submarina de Ringo y las espirituosas y espirituales maravillas que cuajaba Harrison, iluminado por el Universo. Tenía todas las grabaciones en la cabeza y, como alquimista, propuso grabarlos con dos micrófonos en mono para que la palabra estéreo inundara desde el vinilo las habitaciones donde antiguamente volábamos todos en tiempos en que los teléfonos no eran inteligentes. A finales del siglo pasado, cuando remasterizó toda esa maravillosa música, George Martin pidió ayuda y abrevó muchísimo de los milagros de la tecnología (especialmente para el mural que produjo bajo el título de LOVE), pues reveló que se estaba quedando sordo. Bendición para un genio justo: irse de este mundo tan lleno de ruido y flotar ya para siempre en una nube psicodélica donde las palabras que más se repiten son Paz y Amor.

Martin era el adulto en el patio de juegos de Abbey Road. Se desvivía horas empatando pistas, mientras los arcángeles fumaban yerbas que los mantenían sonrientes y en vilo; mezclaba sonidos (incluso las locas grabaciones de pájaros y hojas al vuelo de otoño que hacía John con un microfonito de juguete) y propuso pequeños guiños de extraordinaria genialidad al tocar el piano él mismo en no pocas pistas, metiéndole cuerdas a canciones que no merecían quedar en meras rolitas, acelerando el tempo de baladas que inicialmente habían sido escritas de forma más lenta por Lennon y McCartney.

El productor de toda esa música (salvo cuando Phil Spector se inventó Let it Be como antesala del canto de los cisnes) fue piloto en la Segunda Guerra Mundial, elegante hasta en el tiro de sus calcetines y el thé a las cinco en punto, hablaba con esa flema refinada que distingue a todo gentleman y movía las yemas de los dedos sobre los pétalos de la consola como quien pinta acuarelas de sonido, para asombro incluso de los atónitos músicos al escuchar de veras lo que acababan de grabar en taquicardia. Martin produjo a muchos músicos importantes de finales del siglo XX, pero su eternidad se cifra en los sonidos y las voces de esos cuatro soñadores de Liverpool, que quizá jamás imaginaron llegar de veras a las estrellas en cuanto firmaron contrato con ese caballero andante que los ordenaba en papel pautado. Logró incluso el sortilegio de producir la presencia intacta de Lennon con unas oxidadas grabaciones crujientes que autorizó Yoko Ono para su reciclaje. El propio Martin contaba que alguien abrió la puerta en un rapto de felicidad instantánea para preguntarle si lo que se escuchaba era alguna perdida grabación en vivo o ¿acaso se habían juntado por obra de un milagro? Como quien deletrea el manuscrito original del Quijote, en el instante mismo en que lo escribe un manco a la luz de una vela de siglos pasados, porque eso que hacemos al leer confirma que la eternidad también se escucha.

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