Las vías del olvido

Las vías del olvido

vias-olvidoLlegamos a Aracataca al tiempo en que pasaban los ciento cincuenta vagones de un tren ya exento de nostalgias que sólo carga lo extraigan de las minas.

El fantasma de aquel amarillo con el que festejaron el regreso de Gabo en ocasión del Congreso Internacional de la Lengua y aniversario de la publicación de Cien años de soledad quedó en una anécdota más del enrevesado realismo mágico que parece apoderarse de lo que fue Macondo.

Los becarios de la fnpi vieron al tibio amanecer entre las murallas de Cartagena con la bendición de una soledad húmeda y casi bochornosa; a esa hora hay poco bullicio y sí mucha vida entre las fachadas de la arquitectura del salitre y los balcones con sus flecos de flores leves. En el autobús un leve goteo de agua fría confirmaba el funcionamiento del clima que nos libraba de los calores de canícula, previos al mediodía cuando cruzamos la Gran Ciénaga, allí donde García Márquez se embarcó con Luisa Santiaga para el viaje de vuelta a Cataca y la ilusión de vender una casa que aliviara una más de las recurrentes dificultades de la familia. Pero el viaje que empieza en Ciénaga es también el sosegado reclamo que le hace el antiguo telegrafista de Aracataca a su hijo, a través de la madre como intermediaria.

De ese viaje por un río que llegaba a mostrar temperamento de oceáno, Gabo apuntala los primeros pasos del recuerdo de toda una vida que vivió para narrar y al llegar a Cataca uno se entera del pleonasmo de llamarle Aracataca, río de río, grande guerrero de la grandeza y demás etimologías acaloradas que se han acomodado al ánimo de sus habitantes, tanto como el enjambre de mariposas amarillas que flota como necia neblina sobre el pueblo donde nació Gabo.

La mejor casa, la intacta, es ahora la deshabitada casa de los abuelos donde nació el niño Gabriel José de la Concordia y donde consta, que quizá, siga cumpliéndose el sortilegio de que cada cuarto tiene su muerto, cada habitación su fantasma y allá atrás, amarrado a un árbol inmenso de greñas largas que rozan el suelo está el fantasma de un hombre enloquecido por la ilusión o la sombra de un joven hermoso con un par de alas hermosas que le salen de su espalda. Por los pasillos, levita la mujer ciega que fue tía abuela y que en realidad murió mucho años antes de convivir todos los días con el niño de cabellos rizados que ahora ronda la memoria inventada de todo un pueblo.

Por la calle de los turcos, casi esquina con las cuatro esquinas, me recibe Luis Sabat, el último de los turcos que a los cinco años viajó con sus padres en Belén y recorrió Palestina convencido hasta el Sol de hoy que “todo es verdad lo mismo que Aracataca” y en el espejo de sus ojos claros brilla la joya de sus cien años de edad. Un siglo de sudores en camiseta sin manga y pantalones que él mismo hizo de sastre cuando estudiaba de niño en las mismas aulas que Gabito. Más adelante, pasando el riachuelo se alza la casa de cinco habitaciones en fila que se construyó a sí misma María Magdalena Bolaño, la centenaria bisabuela que fue nana niña de Gabito durante unos meses y que al ver que me acercó a su mecedora se emociona quizá confundiéndome con Melquíades.

María Magdalena recuerda a un Gabito que lo quería todo, que arrebata el trompo que volaba en las palmas de otros niños que quería los lápices que llevaba en el regazo la niña de las trenzas y habla de un niño que “era dócil y no como lo niños de ahora que todo lo pelean”. Se humedece el ambiente y se emociona hasta la planta del patio cuando al hijo se le ocurre alargar el paseo hasta la tumba de Melquíades, a la orilla del pueblo y fuera del panteón… allí donde el invento de una Literatura con mayúscula le concedió a sus coetáneos y coterráneos la bendita tentación de alargarle los párrafos en una realidad que desea ser palpable cuando en realidad quizá no sea más que otro sueño de la ficción que nos une.

Al anochecer, a lo lejos, pasa de regreso el tren ya cargado del vacío. Se oye nítidamente el silbato de sus prisas, aunque nadie ve el paso de los ciento cincuenta vagones porque ya son brisa de pura sombra.

Leer en el blog Café de Madrid

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