Balcón de Cartagena

garcia-marquez-cartagenaSerá el sereno, pero no hay rincón de Colombia que no esté impregnado de una bendita literatura donde la tentación de la ficción parece transformar las caras de su realidad: la neblina fría de Bogotá, con su bullicio de panes con queso y las prisas de quienes se congelan en el tráfico, las conversaciones al vuelo en el aeropuerto y, luego, la carcajada caliente del mar Caribe al momento en que Cartagena de Indias abre sus brazos a quien llega por primera vez. Me pregunto cuántas endemoniadas madrugadas tuvieron que transpirar en el alma de Gabriel García Márquez para que su vieja máquina de escribir empezara a pavimentar, en la prisa de las redacciones de los diarios y en la quietud de los hoteles de paso donde dormía, la herencia impagable de un universo que conjuga literatura pura con periodismo de punta. Hablo del joven desconocido que empezó por publicar versos barrocos en los márgenes de los periódicos y del lector voraz que pasaba las noches en vela de página en página, del joven que leía libros que dejaban abandonados los viajeros en las viejas casas de huéspedes y el mismo que empezó a entrelazar el arte del cuento (no como género menor, sino como abono a la novela y al novelón que ya soñaba desde joven) con el arte más apresurado de la crónica.

La Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano me permite convivir durante los próximos días con una veintena de expertos en la prosa con prisa: tutores y becarios cuyos proyectos y obsesiones giran en torno a la generosa sombra de la obra de Gabo, el que cambió al mundo entero con sus cuentos y novelas, pero también al que supo hilar en el esmero de la palabra y en la curiosidad insaciable el abono diario para el periodismo delicioso, el que va más allá de la consigna insípida de los hechos y raya muy de cerca en la telaraña de la ficción narrativa, el verso en la piel y la trama que se espesa con el buen uso de un punto y aparte. Jóvenes del mundo entero se han ganado una beca para recorrer la selva de la imaginación que germina en Cartagena, florece en Barranquilla y quizá nace en Aracataca, allí donde un riachuelo sigue mostrando piedras inmensas como huevos prehistóricos y las viudas vírgenes levitan en el sopor de las tardes interminables, a la espera del milagro irracional de los peces de plata, las mariposas amarillas, el hilo de sangre que recorre el suelo de los pueblos y la tupida selva donde los ancestros encontraron la vieja armadura oxidada de un caballero andante que venía quizá de La Mancha y barrenó sus sueños en pleno paisaje verde.

En la discusión en comunidad y en la lectura en comunión de las nuevas crónicas está filtrándose la buena savia del mejor periodismo cultural, ya esparcidos en no pocas páginas en papel y pantallas electrónicas de los diarios que ya aprendieron la lección: no se trata de competir descaradamente con las llamadas redes sociales, sino de continuar alimentando la avidez, la inteligencia e imaginación de los lectores con literatura emergente, el arte del hecho en el momento en que ocurre, y la narrativa viva y vibrante de saber contar lo contable (más allá de las cuentas que obnubilan a los contadores de números); nada más ajeno y lejano a la despistada idea que tienen del periodismo puro los ignorantes políticos que abogan por la multiplicación de la mentira, el arte del plagio continuo y el levantamiento de muros de todo tipo.

En las alas de la palabra va tatuada la libertad y el afán de contarlo todo, en los vuelos de las historias está la realidad que nos une y que vuelve sólida la tierra por donde pisa el reportero que no necesita salpicar de ficción las notas para narrarlas como historias increíbles, el enredo es narrar lo más fielmente posible lo que parece inverosímil no porque sea inverificable sino porque es precisamente posible y aviso o premonición de lo que ya nos pasó el año pasado, ayer o hace un instante: allí dónde jurábamos que se ganaba una encuesta por mayoría absoluta, o allí donde asegurábamos que un loco no podría ganar en las urnas, o allá donde apostamos la liga en un juego que aún no se jugaba… Todo ello y más se desprende de la generosa enredadera verde de andar leyendo y releyendo el inabarcable jardín del Gabo hace más de medio siglo —es decir, hoy mismo en la madrugada—, y me parece verlo fumando entre sombras mientras mira pasar la vida del mundo que gira alrededor desde un balcón en Cartagena de Indias.

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