Entre gasas

El hombre atraviesa el patio de butacas, en medio del público y espaldas a la realidad de allá fuera. Se detiene incrédulo porque quizá él mismo duda de que todo esto no pueda ser cierto y se desprende del tedio de todos los días, toda la rutina del mundo allá afuera como una ligera llovizna constante, como quien se quita la gabardina al filo de tirarse al mar. Al subir los peldaños hacia el escenario, el hombre se vuelve actor y cruza la inmensa tela de gasa que han diseñado como escenografía para volver a cuajar el milagro de su transformación.

Juan Echanove, al filo de cumplir cuarenta años de vida artística, sube ahora a diario los escalones del Teatro de la Comedia y se convierte en Don Francisco de Quevedo y Villegas. El telón de gasa es la niebla y el hielo de su destierro en la cárcel de San Marcos, donde el hombre a unas gafas pegado llora con sudores de delirio y transpira con carcajadas de locura el dictado de sus propios recuerdos y remordimientos. Echanove ya no es el que conocemos de otros tantos papeles memorables, ni el habitante de las pantallas, sino el poeta adolorido, el de los pies cansados y las llagas en las piernas; no es el Quevedo que retrata Velázquez ni el bravucón de las tabernas que lo mismo escribe diatribas con la vizcaína desenvainada que enamora a las mozas con los pétalos intemporales de unos versos que se pegan a las yemas de sus dedos. Es el hombrón enloquecido por los demonios de su propia imaginación, pues alguien ha compuesto casi como monólogo la relectura de sus Sueños para completar la condena de encerrarlo en prisión.

Los Sueños de Francisco de Quevedo son poesía en prosa y párrafos de vida –memoria transpirada en imaginación atormentada—que bien podrían haberse convertido en murmullo constante durante los cuatro años en que su autor estuvo encerrado en la mazmorra de la cárcel de San Marcos. Quizá también son pura gasa hecha de viento y agua, como hielo de memoria tal como la escenografía donde Echanove está como nunca: es el actor maduro que habita las tablas con una trayectoria encomiable de profesional hasta en los silencios, maestro en la pausa que exige un guiño sutil de mirada y la majestad de su voz que ha ido transformándose con los años: es la ronca verdad que ahora grita Quevedo y la delicada sonatina de gorrión con la que Echanove resucitó a Lorca en una mítica grabación que en más de una universidad norteamericana confunden con la verídica voz de Federico.

Quién sabe por qué recordamos a Góngora, dice Quevedo transustanciado al siglo XXI, pero “a mí me recordarán por mis Sueños” y en el teatro, como comparsas en color desde cada una de las butacas, los espectadores confirmamos que la eternidad es una fila blanca de fantasmas soñados que se debaten entre el Infierno y la Memoria, con mayúsculas. El poeta se ha vuelto una libertad encarcelada, un amor que fue amado, en medio de un Infierno que no es rojo como la toga de los obispos sino blanco como la clínica de un pronóstico reservado o el espacio donde se han fundido todos los colores de su propia vida. El poeta lleva gasas en los pies adoloridos como para que no olvidemos que por debajo de todos los cortinajes está Juan Echanove roto, desgajándose en cada parlamento, en medio del Universo teatral ganándose el instante como quien acaba de debutar; no son cuatro décadas, sino cuatro minutos que confunden a la mirada absorta, pues ya no es él y es el mismísimo Quevedo, al que hasta los cojos le exigen que camine derecho.

Es entonces Echanove y Quevedo quienes sueñan que alguien soñó el sueño donde soñamos todos que combatimos no sólo contra el Olvido, sino contra la Censura y la Muerte misma. Abran las puertas de las burlas veras para que desfile como travesti el Diablo en persona con el maquillaje que también lo convierte en prelado, en medio de las mozas que destilan el amor que se pega y se come en un Cabaret del Delirio. Entre las cuatro paredes de una celda fría, Quevedo baja a los sótanos del Infierno, invocando como el Dante a Judas Iscariote y todos los sacamuelas que nos tumban sin anestesia, rompiéndonos las quijadas en carcajadas que dan miedo y la engañosa muerte que repta por la memoria del poeta que la sueña, sabiendo que el dinero de toda una vida sólo escondía la podredumbre de su propio cuerpo y todas las maldades del mundo. Preso el poeta en el frío blasfemo de una celda, con un jubón como cobija, a la espera de lo que comen los gusanos: las muchas muertes para una sola vida; mandado arrestar por el Conde Duque de Olivares para secreta confirmación de que todo hombre es mentira por cualquier parte y sus plagios se pliegan entre las carcajadas de la muerte.

En espera de la hora de todos, contra el fantasma de Góngora que lo llamó Québebo rebajándolo no más que a borracho, Don Francisco ha de salir de su encierro con la renovada liviandad de una resurrección antes de morir en su torre, no encerrado, sino callado en paz de los pocos pero doctos libros que no tuvo a mano en los cuatro años de la cárcel y allí, escucha con sus ojos a los muertos y mantiene conversación con los difuntos, como hace Juan Echanove con todos los personajes que ha encarnado a lo largo de una trayectoria ejemplar y entrañable. El actor cruza la gasa en medio del aplauso final y al bajar por la escalera que conduce de vuelta al mundo, se calza la gabardina con la misma incredulidad de todos los días, porque no puede ser que tanta grandeza se vuelva a palpar con tan pocas palabras y todo se esfume como neblina de hielo y humo en la pesada cortina que nos mantiene despiertos al filo de todos los sueños.

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